domingo, 27 de noviembre de 2011

SOÑAR TRANQUILO

El principio de El escritor, de Azorín, abre una generosa ventana a los albores del proceso creativo de su autor. Mediado el volumen, el protagonista, Antonio Quiroga, en cuya persona alienta el autor mismo, narra su llegada a León. Se hospeda en el Hostal Robledo. ¿Existiría realmente el Hostal Robledo? De haber existido, ¿quién podría hoy saber dónde caía? En el relato de uno de sus paseos habla de unos álamos, a los que muy justamente llama tembladores, y, en la misma página, de sus pláticas con “un fragüero, un ebanista, un botero, varias zabarceras del mercado y diversos pelantrines de la contorna”. “Todos parlan propia y exactamente”, añade, y califica su estancia como cura de castellano. Los álamos y el mercado. ¿Se referiría a la plaza del grano?

Tantas veces le llevaron los pasos de uno hacia esa plaza que no podría ya pasar sin esa vieja costumbre. Allí como que enlentece la vida su curso y entra uno en comunión con un pasado cuyo aliento siente más cercano. Apoyado entonces en uno de los soportales de negrillo, o sentado sobre el pretil de la fuente, o a los pies de la cruz de la virgen, antiguo cadalso, encuentra un ámbito fecundo para sus ensoñaciones. Siempre hay algún peregrino que anota la jornada en su diario o algún anciano que cruza ligero como una sombra, sin levantar la vista.

Leo en la prensa que el ayuntamiento ha aprobado la remodelación de la plaza con el pretexto de mejorar la movilidad. Ya el anterior alcalde amenazó con hacerlo. Entonces se llegó a insinuar la necesidad de sustituir el suelo de cantos de río, de origen medieval, por adoquín actual. No hubo tiempo para perpetrar el crimen. Entre los planes de la corporación entrante figura el de instalar un velador de invierno y pasarelas de loseta que supondrían la eliminación de parte del empedrado original. A uno le parece que la movilidad, si se quiere evitar los cantos, es perfectamente factible transitando por los lados de la plaza, donde hay acera, y en el peor de los casos rodeándola por las calles adyacentes. La plaza no necesita una remodelación, sino una conservación regular y razonable por parte de todos, políticos y ciudadanos. Los primeros no han mostrado ningún interés en frenar su deterioro (hace treinta años que no se la toca). Al contrario, se instalan en ella carpas durante las fiestas de la ciudad o de la Aparición de la Virgen, o se derriban casas como la única que aún descansaba sobre soportales de negrillo. Ya se dejó caer literalmente, hace poco, el interior del Palacio de Don Gutierre. Y respecto a los ciudadanos... Ah, los ciudadanos. Los sillares y hasta los angelotes de la fuente, de 1789, han sufrido pintadas que en años nadie se ha encargado de limpiar. Algunos jóvenes encuentran divertimento en arrancar cantos del suelo y arrojarlos al agua. ¿Cuántas veces, en el tempranero paseo del sábado, no la vimos arrasada por los restos del botellón, las bolsas destripadas, las botellas flotando en el agua de la fuente o echas añicos entre los cantos, los bancos pegajosos de alcohol? ¿Qué pensarán de nosotros los peregrinos que hacen noche en la hospedería de la plaza al salir al alba y ver así desolado el acogedor rincón del mundo donde la tarde anterior se abandonaron a recuerdos y sueños, en un próspero diálogo con los siglos?

       Pienso en Azorín, en Unamuno, en Machado, en el Padre Isla. Los imagino en esta plaza viendo pasar la vida, hablando con unos y otros, mezclados entre el lenguaz trajín, entre las bestias. Uno sólo quiere que le dejen seguir comunicándose a su manera con ellos y consigo, que le dejen soñar tranquilo.



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