sábado, 28 de julio de 2012

LA DUDA, DENTRO

Ha llamado Carlos mientras cenábamos en la caravana. Iba con Sandra y los niños hacia el Villamar. Les he invitado, pero he cometido el desliz de añadir que no teníamos mucha comida. De todos modos no habrían venido. A continuación he incurrido en un segundo error: le he dicho a mi hermano, aunque no en un tono que no pudieran oírlo los demás, que mi invitación no ha resultado muy creíble. Me ha mirado fríamente y no ha respondido. De la anécdota, que me impide disfrutar plenamente de la cena, concluyo que, pasada la juventud, para la que justamente se concede una medida indulgencia, nada se castiga como la duda; que aquel que es consecuente con sus convicciones y las lleva a término, así sean las más disparatadas, es respetado. Pero el que duda...

Castro Troenzo

miércoles, 25 de julio de 2012

MAS NO POR QUE PENSARAN

El gesto congelado de dos hermanos, niño y niña, al oír la respuesta a su inocente pregunta –¿qué hora es?– dada por parte de una pareja de la parcela de al lado que lleva dos horas facturando porros y bebiendo sidra: “Mirad al sol”.

domingo, 22 de julio de 2012

VERDECILLOS VS PÉREZ

        No estés todo el rato mirando al nido, que aburres a los pájaros y se mueren”. La frase de S. me dejó en el sitio. Posee ese carácter a la vez inocente, rotundo y preciso del habla de los pueblos que ha construido el castellano.

En el camping en el que veraneo, entre la atalaya desde la que disfruto de un paisaje que es ya parte del alma y el mar que se ofrece a tiro de piedra, hay una hilera de parcelas más bajas con unos abetillos alineados. En la tupida copa de uno de ellos, que apenas dista cinco metros de mi posición, una pareja de verdecillos tiene nido y camada. A intervalos regulares se escucha un piar insistente y agudo. El papá ha entrado con comida. Al poco de salir, cesa la súplica de los insaciables polluelos. Así suceden las cosas, sin necesidad de subrayados, con la naturalidad de lo que no puede ser de otra manera desde que el mundo es mundo.

Pero ocurrió algo que ni siquiera el instinto atávico de la especie pudo prever: la llegada a la parcela de una peculiar familia –les llamaremos los Pérez–, paradigma de la ranciedad que condena a España a llevar cosido, vieja herida, el doloroso epíteto de profunda, sin ser profunda precisamente la condición de estos sujetos. La que organizaron para montar sus dos iglús fue tremenda: los continuos gritos de los hombres repartiendo instrucciones; las risotadas camioneriles de las mujeres ante la ignorada presencia de un niño obeso que preguntaba al aire; el arsenal de objetos de lo más variopinto que iban arrumbando entre los dos habitáculos, haciendo temer una estancia prolongada.

Una de las mujeres, fatalmente, advirtió la algarabía de las crías en una de las tomas y se acercó lentamente al árbol con instinto de zorra. “¡Aquí hay un nido!”, gritó mientras comenzaba a apartar las ramas y una comitiva más numerosa de lo que me había figurado se llegaba al abeto y comenzaba a meter las manazas en busca de aquella tibieza, súbitamente silenciosa. La mamá, o el papá, salió volando en el momento justo en el que el intelectual del grupo, al que llamaremos el cuñado, gritó desde su hamaca: “¡no los toquéis que si no huelen mal y los padres los atacan!” Tardía precaución. Pasado el minuto de la novedad, los Pérez se olvidaron y bajaron, bulliciosos y cargados, a la playa.

Al rato el papá, o la mamá, se posó en la copa de otro abeto cercano al del nido y pió, pero no se escuchó respuesta al reclamo. Continuó un minuto. Alguna de sus notas sonaba con afinación descendente, como un lamento. Finalmente se marchó. Tras otro lapso comenzó a oírse de nuevo la monserga de las crías, desatendida, cada vez más débil.

A las ocho de la tarde bajé a la playa, donde hizo mi alegría una vaga esperanza de poema. Subí ansiando el silencio y la silla necesarios para ordenar mis ideas. Pero al llegar a la caravana me recibió, estruendoso, un ruido de ráfagas de ametralladora que salía de un televisor de plasma que los Pérez... ¡habían colgado de la verja!, justo al lado del abeto, y que miraban embobados, sus siete figuras recortadas en la penumbra. Me temo que este sea un golpe definitivo para los polluelos. ¿Regresarían sus padres?


miércoles, 18 de julio de 2012

LOS LIBROS QUE ME ESCRIBEN

A veces, al leer, tenemos la sensación de que nos están leyendo el alma. Si hubiese yo sabido decir lo que mi turbado afán entre líneas o entre sueños me dictaba, exactamente así lo habría dicho, pensamos entonces. Esa es la página que buscamos, con la que quisiéramos saber dar siempre, la que justifica el placer inagotable de la relectura. ¿Cuántas veces el regusto agridulce de sentir que nos han robado un verso? ¿Cuántas el escrúpulo de temer parecernos demasiado a tal autor o línea amada? Amplifica nuestro asombro saber que quien sentimos tan cerca de nuestro sentimiento pudiera haber levantado su obra hace cien o mil años, en las antípodas acaso de nuestro rincón del mundo. El libro que busco y que me escribe es el que me hace partícipe de esa emoción primigenia, el vínculo creado por la súbita identificación con lo expresado, cuya impresión física en todo se parece a un susto.

jueves, 12 de julio de 2012

UNOS POR OTROS

Ha querido el azar –que no es azar, que se despertaran y coincidieran en un solo instante dos recuerdos, o mejor, dos impresiones que ivernaban en algún varadero de la conciencia; dos percepciones procedentes de distintos sentidos que, en fecunda simbiosis, han obrado el repetido milagro del minuto de belleza.

Comenzaba a sonar en el reproductor del coche una canción y sentía uno que se le quitaba de encima un pesado feje de años. Fluían sin obstáculo las voces por su mar en calma, nosotros de su mano, cuando acudió, aromoso y certero contrapunto, la dolida fragancia de los tilos, tan a casi verano, inaugural. Y éramos escenario, y no simples testigos, de aquella emulsión gozosa de los sentidos, y así vibraba el cuerpo ese minuto, y todo era sereno y era justo, quiero decir acorde, equilibrado, pues se hallaba en sazón el alma para nuevos portentos y limpia nuestra lente, que tantas veces no está la turbiedad en las cosas, sino en el ojo.

Fue sólo esto (mucho): una música que embellecía un paisaje que embellecía la música.

                                      
                                        
Everything but the girl: "The only living boy in NY"

martes, 10 de julio de 2012

ALMUZARA O EL ASOMBRO PERPETUO


Los que esperamos desde hace tiempo una nueva entrega poética de JavierAlmuzara (Oviedo, 1969) podemos disfrutar en el ínterin de este Catálogo de asombros (Ed. Impronta) que reúne ensayos en los que, a la vista de esta muestra, continúa contagiándonos con fervor y palabras precisas su amor por la belleza, la música y la buena literatura, como ya hiciera en sus dos recopilaciones diarísticas, Letra y música y Títere con cabeza, prosas que aspiran –y lo consiguen– a hablar con silencios y callar con palabras que son música.
 En lo que llega, podemos brujulear entre sus artículos para Oviedo Diario.

sábado, 7 de julio de 2012

ORILLAS

Charlo con R. en la habitación que compartimos nuestra infancia y la mayor parte de nuestra juventud (y quien dice habitación dice peleas, juegos, sábanas). Él revisa las películas de una estantería y me pide opinión sobre esta o aquella. También hay una música que pretende unir. Es un momento que sabemos sumamente bello y que, también lo sabemos, sólo podrá durar hasta que alguien entre.

miércoles, 4 de julio de 2012

VIVA MI REVOLUCIÓN

El cantante de la orquesta de anoche, para reforzar el mensaje de una canción titulada “Resistencia”, se arrancó con un discurso antigubernamental con el pretexto de que el trombonista era venezolano. Es curioso: tanto los partidarios de Chávez como sus detractores se apoyan para validar sus tesis en un mismo ideario supuestamente revolucionario.

CHACOTA EN CALAMBUR

El alcalde macarra que, desde el balcón del ayuntamiento, se enfrenta a una multitud rabiosa que clama contra el recorte del presupuesto de fiestas, y tras remangarse se señala los brazos y brama:

-¿Queréis verbenas? ¡Pues aquí tenéis venas!

martes, 3 de julio de 2012

MONUMENTAL VERBENA

Santa Isabel. Fiestas de Zazuar. En la plaza del rollo, a los restos de la "monumental verbena amenizada por la orquesta P.", hartos ya de rancheras, batukas y la última sección patrio-ratonera, vemos que abre la panadería. Nada a esas horas –las cinco por lo menos– como un cruasán o una napolitana de chocolate. Atiende el chico, que junto con la madre ha quedado al frente del negocio tras la reciente muerte de su padre en un absurdo accidente con el tractor. Mientras el joven mete cuidadosamente las napolitanas en la bolsa, le digo: "Qué bien que sigáis haciendo esto. Es lo mejor de la noche". No se me ha ocurrido una forma mejor de darle el pésame.