miércoles, 19 de julio de 2017

DIARIO DE CABRONES... Y III

La noche en Urriellu empezó bien. Notaba cómo me iba quedando dormido mirando la luz que aún entraba por la ventana. Con el refugio medio vacío, había colocado el saco, junto con el nórdico y la almohada que esperaban en la taquilla que me dieron, en el lugar menos molesto para mí y los demás, dado que me quería levantar temprano: en la parte de abajo y junto a la puerta. A poco que se tenga el sueño ligero, estas pernoctas suelen ser discontinuas, pues va cada cual acostándose según le parece, pero lo había embocado bien y sentía que dormiría seguido. Sin embargo, si me había acostado sobre las 9:30, serían las 11 cuando me despertó el guarda diciéndome que estaba ocupando el sitio de otra persona. “¿Qué número de taquilla tienes?” “El 61, creo”. “Estás en el 54”. Y se puso a buscar con una linterna, cobrándose algún desvelo más. “Es aquí arriba”. Iba a tirar donde me decía mis cosas, que había arrebuñado de mala manera, cuando vi que allí había un bulto. “Aquí hay otro”. “Pues ponte al lado, da igual, sobran sitios”. “¿Y eso no se lo podías haber dicho a él?”, inquirí señalando al malsín. “¿O también vas a despertar a este?” Por supuesto, no tenía réplica.

El incidente era terreno abonado para una noche toledana. No me lo creía. Lo inmediato era especular sobre lo que debí haber dicho y en qué tono. Cómo habría reaccionado John Wayne habría sido una buena referencia. No me decidía sobre si debí o no mandarle a tomar por el culo. También urdía alguna sutil venganza contra el miserable que fue al guarda. Tal vez despertarle con esta: “Perdona, estás invadiendo con el brazo la plaza 55”. Mientras tanto, iba haciendo el sucesivo cálculo de la hora que sería. “Igual la una”. “Dos y pico, calculo”. “Entre 3 y 3:30”. Algo dormí, con todo. Me desperté cuando se levantaban los más madrugadores, que suelen ser los que quieren subir el Naranjo, evitando así que el sol les aplaste contra la roca. Desayuné el primero a las 7 y, sin buscar cizaña, pagué y eché a andar. No sé por qué me recreo en estas mezquindades. Yo he venido aquí a hablar de la belleza de la montaña y empiezo, como si esto fuera el Chiringuito de Jugones, con las jugadas polémicas, y ya es difícil que aquí las haya.

La niebla se disipa a mitad de la canal de la Celada, que ciñe por su cara norte al Naranjo de Bulnes. Al abrirse ésta, queda a la izquierda el hoyo del Carnizoso, que permite llegar a Pandébano y Sotres por el collado de Camburero y la canal de las Moñas. Tiro hacia la derecha en dirección al Urriellu, ya a la vista la collada Bonita, por la que cruzaré en dirección a la canal del Vidrio, que baja hasta las abandonadas minas de las Mánforas, en las proximidades del refugio de Áliva. Pegados a la peña como moscas, los escaladores atacan la sur del Naranjo. Oigo sus gritos: “¡Cuerda!” “¡Sube!” Me alegro de no estar ahí, de mi libertad de movimientos, de solo andar y de andar solo. 

La parte final de la collada Bonita, que por su estrechez mejor debiera llamarse horcada, tiene ese color rojizo de la tierra a la que los pasos de unos y otros han ido desnudando de piedras en lo más pindio. En vez de subir por el camino entre el pedrero, que cansa más por los resbalones, lo hago por la roca. Y como siempre que se alcanza un collado, la emoción por la repentina vista ganada, el premio del aire vivificador. En frente queda el Cuchallón de Villasobrada, que debo dejar a mi izquierda (en la otra dirección se llega a las invernales de Sotres por las Moñetas). Es un camino precioso en el que, por primera vez en tres días, piso algo de hierba. Va sorteando algunas simas con continuas subidas y bajadas y algún raro llano, el único terreno en que las piernas se sienten descansar. Enfrente veo las estribaciones de Peña Vieja, y a su izquierda otro cordal de picos más bajos. Debo pasar entre medias para embocar la canal del Vidrio. 

Es mucho más pronto de lo que había previsto. Paro a reponer fuerzas y me quedo a gusto. No tiene sentido seguir cargando con comida a la que puedo y debo dar sepultura. Entonces veo subir la niebla, lo que siempre pone un punto de incertidumbre en el ánimo. Llega hasta lo que calculo será la mitad de la canal, se queda un rato pensándoselo y vuelve a bajar. Me han prevenido sobre este veredero. No es que tenga ninguna dificultad más allá de echar las manos en un par de sitios, pero hay un punto donde el camino parece bifurcarse. La senda mala lleva directa a un cortado. Hay que ir, como siempre, atento a los jitos, y girar donde termina la panda de hierba hacia la derecha. Enseguida se llega a una caseta abandonada de la explotación minera que extraía blenda acaramelada de los Puertos de Áliva, a los que llego en veinte minutos desde arriba de la canal.

Aunque diviso entre la niebla las ruinas de los fogarines e instalaciones de las minas, y a su lado la pista que me conduciría a El Cable, sigo una senda a media ladera para no perder altura. Hasta que de pronto advierto que voy sin camino. Aparecen, sí, trazas que lo mismo desaparecen, pasos de ganado, que por allí abunda. Pongo la brújula del móvil. Sé que caminando en dirección sur daré con algún afluente del Duje, que simplemente habré de remontar. Cuando me empiezo a preocupar, pues me parece que ya debería haber llegado, me llevo una alegría. Diviso una roca con una mancha de pintura verde. Camino hacia ella cuando veo emerger de entre la niebla muchas otras rocas, todas con idéntica marca. No eran molinos, no, era un rebaño de ovejas guardado por un mastín con carlanca. Doy media vuelta, pero me ha visto y empieza a ladrar mientras echa a correr hacia mí. Pero su actitud es inequívocamente amistosa. Su compañía me anima. Para sellar nuestra amistad, saco la bolsa de la comida y le echo pan. El primer trozo lo come. El segundo lo escupe. Vaya con el señorito, le digo. Saco el choped que me queda, y aquí sí, aquí sí que ya somos amigos para siempre. Al ir a beber, hociquea la cantimplora. Como me sobra agua, voy a darle un trago, pero todo su afán es chupar de ella, así que yo la voy subiendo y él encaramándose. Al ponerme de pie, coloca sus patas sobre mi pecho, y yo levanto el brazo como escanciándole el agua, que nos salpica a los dos. Es un momento precioso. Al reanudar la marcha se viene detrás de mí, hasta que se detiene y su silueta se pierde mientras me dice adiós con el rabo. 

Al poco de esto escucho un rumor que me suena a música celestial, por no decir polifónica. Es un arroyuelo que no puede ser sino uno de los afluentes del Duje. Remontarlo entre la niebla, ya confiado en el camino, es una delicia. Beben de él o descansan a su orilla una yegua con su potrillo, luego unas vacas. Media hora más y llego a la pista que enlaza con el camino de El Cable. Ya en el coche, me quito las botas y me pongo una muda limpia que había dejado en él. Otro momentazo. En la estación del funicular veo un cartel de una exposición de fotografías de Eusebio Bustamante en Camaleño. Natural de Potes, este fotógrafo que trabajó para ABC dejó testimonio de la vida, los oficios, las gentes y los paisajes de su comarca natal. Sus fotos, a pesar de no haber sido hechas con buenas cámaras, son, en lo humano, una maravilla, y en lo documental, una joya única. Compro el libro de la exposición y sigo camino de la playa de Borizo con un motivo más (¿cuántos?) de alegría.

martes, 11 de julio de 2017

DIARIO DE CABRONES, II



La noche en el refugio de Cabrones ha sido buena. He dormido en camiseta y hasta con el saco abierto. Me despierto a las 7. En el comedor me encuentro con uno de los que ya estaba acostado cuando llegué ayer por la tarde. Viene de lavarse en la fuente. Es muy dicharachero, y entre eso y el acento, deduzco que es argentino. Su ruta es complicada, en longitud, tiempo y dificultades. Pretende llegar a dormir al refugio de Collado Jermoso, que es como atravesar el macizo central de Picos de Europa de punta a punta. Para ello debe hacer el camino que recorrí yo ayer (en sentido contrario) hasta el collado de Horcados Rojos, continuar hasta la collada Blanca y bordear por la izquierda el Hoyo Grande hasta salir al Tiro Callejo, para descender entre el Llambrión y La Palanca hasta el refugio. Se puede hacer. El problema es que el amigo argentino no tiene ni idea de por dónde ha de ir, ni tiene plano ni utiliza brújula ni GPS. Únicamente lleva apuntadas estas referencias de paso en un papel. Como si soltaran a alguien en Mongolia y le dijeran que tiene que ir de Erdenet a Mandalgobi pasando por Bulgan. “Aquí hay muchos caminos, alguno me llevará”. Yo pienso si no le llevará, siendo optimistas, a un millonario rescate en helicóptero.
Cuando el guarda baja las jarras con el café y la leche, aparece la pareja de gijoneses con los que cené anoche. Subirán Torrecerredo y bajarán por Camburero y la riega del Tejo hasta Poncebos. El chico se lamenta de lo mal que ha dormido. Tras un silencio culpable, me atrevo a aventurar: “Dicen que yo ronco”. “Sí, sí roncas, pero no, no era eso. No sé, me dolía todo”. Me quedo medianamente más tranquilo. Les pregunto por los otros dos montañeros que durmieron en el refugio. Son, dicen, una pareja de ingleses que van hacia el de Urriellu, y que debieron de salir muy temprano. La misma ruta que haré yo, aunque pretendo subir de camino el Neverón y, si se tercia, la Torre de la Párdida. Hecho el petate, ya solo falta pagar y cargar agua en la fuente después de lavarme los dientes.
Me despido de todos y echo a andar. Son poco más de las 9. Para mi sorpresa, veo que el argentino sigue mis pasos. Me detengo y le pregunto si ha cambiado de idea. Dice que no. Le explico que debe seguir el mismo camino que los asturianos, hasta que empiecen a subir Cerredo. Entonces… Inútil explicárselo a quien no conoce el terreno. Saco el plano. El hombre no se aclara ni presta la suficiente atención. Se me ocurre que quizá sea más seguro que vaya hasta el refugio de Urriellu, pasando por la collada Arenera, donde nos separaremos, y suba luego por el Jou sin Tierra y el Jou de los Boches hasta Cabaña Verónica, y ahí que le indiquen. Incluso, si lo ve mal, puede preguntar al guarda si hay alguna plaza libre. “Eso me da igual, duermo en cualquier lugar, llevo tienda”. A qué decirle que la acampada libre está prohibida en los Parques Nacionales. El plan alternativo que le propongo le parece bien; en realidad le parece bien todo, y esa despreocupación irresponsable que de inicio me irrita se me va haciendo simpática. “Pues en marcha”. Aunque lo que me apetece aquí es ir solo, la compañía, siendo momentánea, se agradece. Mi accidental compañero se llama Carlos y no es argentino, sino canario.
A medio camino de la collada Arenera, bajan dos que resultan ser los madrugadores extranjeros que durmieron con nosotros en Cabrones. Hablan entre sí en alemán, pero se dirigen a mí en inglés (no hablan españolo). Con penosa dificultad logro comprender que han dado la vuelta porque llegaron a un desplome que no podían salvar, y como no podían continuar retrocedieron. “Come with us”, acierto a decir en mi inglés comanche. Me voy sintiendo un poco como el flautista de Hamelin. Llegados al paso delicado, veo que las marcas de pintura siguen por unas lajas de roca con pocos agarres, un tanto aéreas. Pero también se puede bajar siguiendo los jitos, echando las manos en algún destrepe sin mayor dificultad. Llegamos hasta la collada donde tendrán que seguir los tres solos, el argentino canario y los ingleses alemanes. Carlos se deshace en agradecimientos. “Cuando vayas por Tenerife…” Lo que sigue es esa pausa inevitable en las frases que comienzan así. “…Pregunto por Carlos”. “Sí, allí me conoce todo el mundo”. Le insto a hacer fotos con el móvil a la parte del plano que muestra su ruta. Los guiris también se muestran agradecidos, pero no las tienen todas consigo en cuanto a la bajada hasta el refugio. “The route is clear, follow the jitos, always follow the jitos”, repito mientras me echo crema. Cuando quedo solo me río, en parte por mis dificultades, en parte porque he asociado ese exótico “follow the jitos” con aquella odiosa canción de “Follow the leader”: “Follow the jitos, jitos, jitos, follow the jitos… follow them!” (Y recuerdo ahora una noche en que, con mis primos y mis hermanos, entramos en el leonés Palacio de la salsa a hacer unas risas, y sonó aquella murga. El modo como se llenó de repente la pista de baile fue lo más parecido que he visto a una película de zombis, y si tuviera que resumir en una palabra lo que aquel aquelarre me sugería, esta sería sin duda “secta”).
Pero estamos subiendo el Neverón de Urriello y hay que centrarse. Escaldado por la otra vez que lo intenté (lo conté aquí), sigo por el camino que recorre la falda de la ladera hasta casi la vertical de la cumbre, antes de una gran llambria que lo recorre de arriba abajo como una cicatriz. Se sube mejor hacia arriba que atravesando de lado. Hay algunos jitos que dan confianza en la trepada, pero la piedra está muy suelta y hay que asegurar cada agarre. La última parte es muy aérea y la cima estrecha, pero apetece estar un rato disfrutando de la vista espectacular. Tras el Naranjo se ve el macizo oriental, y más allá los montes de Palencia, entre los que distingo el Curavacas y el Espigüete, tan altos como la cumbre de este Neverón (2559). Como tantos picos, tiene éste varias cimas de altitud similar y muy cercanas. El segundo Neverón está a tiro de piedra, pero no merece la pena exponerse con tanto viento para ver la misma panorámica. Tengo dos motivos más para ser prudente que la última vez que vine. Hago la foto de rigor y bajo con mucho cuidado atravesando por la parte superior la llambria antedicha para seguir el cresteo en dirección a la Párdida, que también subiré, pues es pronto aún y el desnivel es de apenas 100 metros. Paso por un collado recortado por varias horcadas que dan al Jou sin Tierra, hacia el Naranjo. Veo, tras el Picu, la collada Bonita, por la que mañana subiré camino de la canal del Vidrio y Fuente Dé. De frente, Torrecerredo y el Pico Cabrones, y entre ellos, en segundo plano, la Peña Santa.
He tenido mucha suerte con el tiempo. Mientras azota la meseta una ola de calor, aquí la temperatura rondará los 20º, y de vez en cuando una nube me abriga del sol. A esta hora central del día, con tan pocas sombras, es una alegría llegar a un nevero en cuya parte inferior se forma una rimaya lo suficientemente ancha como para sentarme al frescor de la nieve, aprovechando la sombra que me brinda su visera. La rimaya, preciosa palabra, es la grieta que queda entre el nevero y la roca al ir deshaciéndose aquel por los bordes. Es un lugar perfecto para comer, lo que hago al bajar de la cumbre de la Párdida (2596). Me cruzo después con dos osobucos que suben al mismo pico. Otros dos esforzados usuarios de la moda hipster. Al llegar de nuevo a la collada Arenera, me encuentro con el guarda de Cabrones, que viene del refugio de Urriellu de coger pan. Ha llenado la mochila. Es un chico muy joven (luego me enteraré de que es hijo de uno de los guardas de Urriellu). “Así me entretengo”. Dice que tarda una hora en ir y hora y cuarto en volver. Cuando nos despedimos y le veo bajar corriendo con la gracilidad de un rebeco, ya veo que para cualquiera habría que doblar esos tiempos. Llego al refugio antes de las 6, con tiempo para tumbarme, meter los pies bajo la fuente y hasta darme una ducha con un curioso sistema de garrafa con bomba y manguera. También de escribir esto mientras en la mesa de al lado, más bella aún que la vista desde la Párdida, la voz de un niño de unos diez años me hace echar atrás la vista. Todos le hablan, le escuchan y le ríen, porque es adorable, inocente aún, cariñoso y muy ocurrente. No puedo evitar verme reflejado en él cuando salía al monte con mi padre, y eso me da una fuerza indecible, cuya causa desconozco, para ahora y para luego. Juegan a las cartas, y también me parece entrañable este detalle de un entretenimiento que parece en vías de extinción.
En la cena me siento junto a tres escaladores que vienen de Murcia con la intención de subir el Naranjo por la Sur, la vía más asequible. Se les ha hecho eterna, dicen, la subida desde Pandébano hasta el refugio (y yo que les tenía casi por superhéroes). Llevan, eso sí, 20 kg. cada uno, con todos los telares que necesitan para la escalada. Luego llegan otros dos de Valencia. Esta conexión levantina parece ponerles a todos muy contentos. Se van soltando y poco a poco les va saliendo el acento. Uno de los murcianos, el más atento, pregunta por mis intenciones para mañana. Le voy contando, pero veo que tiene el otro oído en la charla de sus compañeros, así que recapitulo: "Yo solo ando”. “Ah”, y vuelve a la conversación sobre largos y cordadas. Son, escaladores y levantinos, otro mundo.
Salgo justo en el instante en que el sol se esconde detrás de los Picos de Arenera. ¿Qué habrá sido de Carlos? 

domingo, 9 de julio de 2017

DIARIO DE CABRONES, I



Salgo a las 6:30. Dado que el radio-cd del Ford Fiesta está bloqueado, echo al asiento del copiloto un reproductor portátil con un pincho cuya música he seleccionado la noche antes. Importante, porque es un viaje de tres horas. La idea es dejar el coche en Fuente Dé, dormir hoy en el refugio de Cabrones, mañana en el de Urriellu y pasado en Celorio, para completar la escapada a Picos por las playas del Oriente asturiano y pasando el domingo tranquilamente en Llanes, antes de volver a Valladolid.

El viaje es pesadete hasta Herrera de Pisuerga. Ahí se coge una provincial que pasa por Cervera de Pisuerga y Potes. El tramo hasta Cervera está salpicado de iglesias románicas como la de Moarves de Ojeda, a cuya rojiza portada se refirió el andariego Unamuno como “encendida encarnadura”. Leo en un panel informativo que su color se debe a que sus constructores sumergían los sillares en cal mezclada con óxido de hierro, lo que contribuía a su mejor conservación. Tras Cervera y su embalse, aún en Palencia, se entra en el Parque de las Fuentes Carrionas. La carretera atraviesa un cerrado bosque de hayas y robles. Apago la música y bajo las ventanillas, que enhebran, flechados, los cantos de pájaros desconocidos, acaso solo traducibles por el androide r2-d2. Comienza luego la subida al interminable puerto de Piedrasluengas (1355m), cuyo alto da lugar a tierras cántabras.

Aparco en Fuente Dé y tomo el teleférico con algo de retraso sobre el horario previsto. Nada importante, son los días más largos del año y tengo hasta las ocho, hora a la que se sirve la cena, para llegar al refugio. Esos 700 metros que salva el cable evitan una incómoda subida por la Canal de la Jenduda. Cuando el expendedor de los billetes pregunta a la pareja que va delante de mí si sacan ida y vuelta y, preguntado por estos, les informa de que se puede bajar andando por dicha canal, les miro el calzado. No olvidarán en su vida esa bajada en que destrozaron él sus zapatos castellanos y ella sus bonitas sandalias y tuvieron que agarrarse en un destrepe a una cuerda que allí había. Se puede informar mejor, pero tengo visto que la gente se mete por Picos de Europa de cualquier manera, y la montaña, que se da entera y por nada, se cobra caras las faltas de respeto.

Ya en marcha, con el circo de la Remoña y la Padiorna a mi izquierda y la mole de la Peña Olvidada a mi derecha, voy recitando un romancillo que escribí aquí mismo, bajando de la Collada Blanca con Sara. Y en este su ámbito, claro, me gusta más. Cuando el camino empieza a empinarse, se van dando la vuelta los que subieron solo por contemplar las vistas y vivir la experiencia del funicular. De repente me adelanta una pareja corriendo. Llevan una pajita que les permite beber sin detenerse, y el artefacto ese que se ponen en el brazo los que salen a correr. Por supuesto que no se fijarán en la clavellina que brota de entre las piedras, en cómo va cambiando la perspectiva de las cumbres, esas cosas. Les importa su reto, no la montaña. Cuando llego a La Vueltona, los encuentro sentados en una roca, reponiendo líquido, satisfechos. Me piden que les saque una foto y me preguntan por la altura de los picos que nos rodean. “El más alto de estos es Peña Vieja, 2613, aunque desde aquí no se ve la cima. El del fondo es el Tesorero, 2570, y separa Cantabria, Asturias y León. El rojizo que hay a su derecha, Horcados Rojos, 2506”. Tienen suficiente. “Vaya memoria, ¿no? ¿Te sabes la altura de todos los picos?” “Qué va. Es porque me las aprendí de niño. Como las capitales.”

Llego al collado de Horcados Rojos en hora y media. Desde aquí ya se ve el Naranjo de Bulnes, que los asturianos llaman Picu Urriellu. Se dice que los marinos, a la hora del atardecer y en los días claros, veían el sol desangrarse sobre su cara Oeste, y que por eso le llamaban el Naranjo. Parece mentira que, en línea recta, el mar esté apenas a 25 kilómetros. Hacia la izquierda queda Cabaña Verónica, el refugio guardado de mayor altitud de la península (2325m), construido a partir de la cúpula metálica de la batería antiaérea de un portaaviones estadounidense. Subo en dirección al Tesorero, pero me desvío hacia un pequeño collado que hay en su cresta derecha, antes de las Peñas Urrieles. Desde él debo ir subiendo y bajando, llaneando en suma, por la falda de los Picos de Arenizas hasta dar con otro collado, tras el quinto y último de ellos, que me permita pasar al de don Carlos, y de ahí al circo de Torrecerredo, desde donde ya todo será bajada. Esta es la parte de la ruta que no conozco, y hay siempre en ello mucho de ilusión y algo de incertidumbre, y por momentos de congoja. Piso algún nevero (nunca había visto tan poca nieve en este tiempo) y voy siguiendo sin problema los jitos, ganando altura, hasta que veo sobre mí una horcada muy estrecha y monda que puede ser la mía. La última parte es muy pindia. Llegar a un collado, o a una horcada, que es un collado estrecho, supone para el montañero un momento de satisfacción a pocos comparable: de repente se divisa lo que la peña tapaba, y esa alegría de horizonte viene refrendada por un aire vivificador. Pero esta vez el viento casi me tira. Me quedo agachado. No me resisto a hacer la foto, porque por primera vez se divisa el macizo occidental, presidido por la aguileña silueta de la Peña Santa de Castilla. La horcada, del otro lado, es casi vertical, impracticable. Ello unido al viento, que tomo por mal agüero, me hace advertir que debo volver sobre mis pasos. No se baja bien, porque la piedra está muy rota. Las piedras pequeñas sobre las lajas hacen que se resbale. Me parece una pena perder altura e intento bordear lo más arriba posible. Buscando el mejor sitio pierdo mucho tiempo. Con la tontería, he perdido el camino. Hasta que a la vuelta de una peña veo un jito un poco más abajo. Sin más aventuras, bajo hasta él y como algo. Conviene tomarse los momentos de desaliento con un sentimiento de justicia: es de ley que ante tantos instantes gozosos haya a lo largo del día uno o dos momentos malos. También funciona imaginar que no va uno solo, y así se obliga a simular entereza y control de la situación. Ya con la tranquilidad de estar en el camino, sigo subiendo por él hasta llegar al collado, más ancho de lo que había pensado.

Otro elemento ineludible en estos pasos son los vivacs, círculos de piedra para cortar el viento en torno a un suelo de tierra, construidos por si se ha de pasar la noche al raso. Ya veo Torrecerredo, el techo de Picos de Europa (2648). Tomo otra barrita energética y acabo el segundo litro de agua. Me tumbo un rato apoyado sobre la mochila a la sombra de una peña. Me entra un delicioso sopor al que me abandono unos minutos antes de continuar bordeando el hoyo, o jou, al que da el collado, hasta llegar a la collada de Caín, final de la canal de Dobresengros. Voy escribiendo temiendo ser acaso demasiado prolijo, hasta que sale uno de estos nombres. Entonces quedo tranquilo, confiado a su poesía. Otro vivac y otra parada para mirar con los prismáticos antes de continuar hasta el collado de don Carlos, terreno ya conocido, con su nevero perpetuo. No se sabe cómo, son casi las seis. A pesar de estar a tiro, renuncio a la idea inicial de subir a la Torre Bermeja, a la izquierda de Torrecerredo. Es lo bueno de las montañas, que siguen ahí para otra vez. Debo bordear el hoyo de Cerredo en dirección a esta cima. Atravieso dos neveros cortos asegurando cuatro o cinco veces cada pisada. La nieve, ni dura ni blanda, da mucha confianza, pero es inevitable mirar hacia abajo y pensar en qué pararía un resbalón. La mano izquierda, apoyada en la nieve, queda insensible. Salvados estos neveros, hay que ir buscando el mejor camino, probando, subiendo y bajando, en lo que se pierde mucho tiempo. Así que al llegar a otro nevero menos pendiente, bajo de a hecho por él hasta abajo del hoyo, sabiendo que aunque luego me toque subir voy a tardar menos y a disfrutar de la bajada. “A tomar por culo”, me animo en voz alta, y me parece cosa curiosa y sana esta costumbre de hablar solo (solo en apariencia, pues pocas veces como en el monte he sentido la propia compañía).

Ya en la parte alta del jou, bordeo por la derecha el siguiente, el mermado glaciar del hoyo Negro, en la otra cara, la Norte, de Torrecerredo. A su derecha ya se ve la sombría mole del pico Cabrones, que da nombre al refugio del que me separa media hora de bajada. Aunque es ésta más rápida que la subida, carga más las piernas, y aplasta los dedos contra la puntera de la bota. Llego justo para la cena. Saludo a una pareja joven y al guarda. Al ir a dejar el saco a la litera veo que ya hay tres personas acostadas. En el monte se lleva la hora vieja. Pocos placeres como el de quitarse las botas y cambiarse de ropa. Cenamos ensalada de tomate, sopa y pasta con mejillones (el plátano lo guardo para mañana). Daría igual una cosa que otra, aquí todo sabe rico. Tras la cena, subo en deportivas hasta la collada del Agua a contemplar la puesta de sol sobre el macizo occidental que enmarca el mar de nubes. Doy con la zona donde hay cobertura y hago los deberes. Cuando me acuesto aún hay luz.

sábado, 8 de julio de 2017

JUBILATE DEO

Cristóbal de Morales:“Jubilate Deo Omnis Terra" (motete a 6)
Hesperion XXI y Capella Reial de Catalunya
(Dir. Jordi Savall)

miércoles, 5 de julio de 2017

EL POETA POR FILÓSOFO

Solo Unamuno podría hacer un poema memorable de un soneto con rimas como zambulla-encapulla-aúlla-aturulla, o, más difícil todavía, esponja-monja-lonja-toronja. Pero no son pocas las veces que al artificio del poeta salva el oficio del filósofo: de repente, al arranque de los tercetos, tanto y tan condensado meollo nos hace quedarnos con esa parte y dar al olvido los pintorescos cuartetos. Vean si no el final del tercero de los sonetos que bajo el título "Recuerdo de la granja de Moreruela" aparecen en Andanzas y visiones españolas:

sólo perdido en Ti es como me encuentro;
no me poseo sino aquí, en tu abismo,
que envolviéndome todo, eres mi centro,
pues eres Tú más yo que soy yo mismo.
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Aquí los cuatro sonetos de "Recuerdo de la granja de Moreruela".