sábado, 27 de enero de 2018

BOLA DE ESPEJOS


Entrábamos en el Trianón o en la Tropicana como quien entra en el cielo, sin sospechar que el cielo no eran ni la Tropicana ni el Trianón, sino nuestros 15 años. La entrada daba derecho a una consumición, aunque para las copas de importación había que pagar. Como no estaba en el ánimo de ninguno de nosotros gastarse un duro más de las 300 pesetas de la entrada, guardábamos ésta como oro en paño en una de esas carteras grandes con velcro que se usaban entonces. Lo primero era dar una vuelta de reconocimiento para ver los grupos de chicas, con miradas de soslayo a los reservados, y una vez asentados en la ubicación más prometedora empezábamos a bailar. Eran los primeros 90 y en las discotecas sonaban Snap, Technotronic, Vanilla Ice o C+C Music Factory, grupos pioneros del hip hop a los que no se les ocurría sacar los pies del tiesto, esto es, de la pista de baile: bajos envolventes y adictivos, a menudo sintetizados, y seductoras cajas de ritmos que en nada hacían presagiar la cencerrada que se avecinaba con Chimo Bayo y otros maquineros. Pero esa es otra historia que, como diría Unamuno, “me llevaría lejos.” Las luces, que invitaban a dejar la mirada perdida o a ponerla borrosa, alimentaban la ilusión de que nos verían como veíamos a los demás, más deseables y guapos, idealizados, porque, de tan fragmentarias, ayudaban a ver lo que se quería ver. Una vez se rompía a sudar y se establecían acaso los primeros contactos, aunque hablar, lo que se dice hablar, se hablaba poco, íbamos a la barra a por los Martinis. Era el momento de intercambiar impresiones y decidir si volvíamos al mismo sitio o echábamos las redes en otros caladeros. Y aquí cabe decir que si alguno del grupo tenía plan, o medio plan, se hacía lo que él dijera. A todo esto, la música se iba poniendo cósmica, y con suerte sonaban Guru Josh o The KLF. Habría, seguro, pasteladas y canciones de moda, como en cualquier época, pero a qué bar o discoteca iríamos hoy para disfrutar de una pinchada como aquellas, aunque ya sólo meneáramos el cogote. Eran los tiempos en que OMD o Dire Straits eran número uno en Los 40. Se acercaba la hora de las lentas y había que ir concretando. Magnífico signo de los tiempos éste de las canciones lentas, no menos prehistórico que los guateques. Un insólito silencio al finalizar un tema era la tácita señal a la que nos olvidábamos del grupo y pedíamos bailar a la chica que nos gustaba. Los que no tenían pareja todavía daban una vuelta a la desesperada, y era penosillo vernos así solos sin poder bailar ni hacer otra cosa que retirarnos hacia la pared o mirar a las apabardas. Claro que también se podía pedir bailar a alguna chica que no nos gustaba porque sí, mitad por uno mitad por ella, y ya abrazados soportar acaso un silencio peor que las más tópicas palabras, o apoyar la barbilla en su hombro y cerrar los ojos pensando en la chica a la que no podríamos ver hasta el lunes en el recreo. 

Nomad: "Devotion" (1991)
 

martes, 23 de enero de 2018

TUTORÍAS, TONTERÍAS



Si las tutorías constituyen una escuela paralela para padres y profesores (los alumnos van demasiado fuera de sí para aprender algo), la que se hace al final de cada trimestre para entregar las notas es toda una experiencia antropológica. Ahí suele aparecer el alumno, hecho un flan, con uno de sus progenitores, a veces los dos, y si no hay más remedio con algún hermano. Vaya por delante que los padres que matriculan a sus hijos en el conservatorio suelen ser respetuosos y cabales. No es ésta una enseñanza obligatoria ni gratuita.
En veinte años he visto de todo: entre los alumnos, suspiros de alivio ante un 5 por el que no daban un duro, miradas bovinas que imploran un paliativo verbal ante un suspenso sin paliativos o ese indignante fariseísmo gestero al oír ante sus enmudecidos padres, haciéndose de nuevas, la retahíla que llevan oyéndome tres meses, retahíla que en el 99% de los casos se puede resumir en el mantra "hay que tocar todos los días" (la clase antes de la evaluación estos alumnos suelen hacerse de miel). Y entre los padres, los que van solos y se desmoronan al reconocer que no pueden con su hijo, los que no disimulan su indiferencia y los que se preocupan porque su hijo ha bajado al 7.
No puedo estar contento. El primer trimestre se saldó con 7 aprobados y 10 suspensos. Los profesores siempre estamos quejándonos de que los alumnos antes estudiaban más, de que estaban más centrados. Fantaseamos con una justiciera escabechina, pero a la hora de la verdad la mano acaba dibujando un desganado 5. Nadie podría explicarlo mejor que John Benjamin Toshack, el entrenador filósofo: "Los lunes siempre pienso en cambiar a diez jugadores, los martes a siete u ocho, los jueves a tres, y al final acaban jugando los mismos once cabrones de siempre". Es complejo. Todo ha cambiado muy rápido. Es un hecho que si antes en 1º de lenguaje musical se daban las tonalidades, la subdivisión ternaria y patrones rítmicos como la negra con puntillo-corchea o el tresillo, hoy no se ve ninguna de estas cosas, y en las que se ven se profundiza menos. La nueva pedagogía tiene un enfoque, digámoslo así, más centrado en la psicomotricidad, y donde antes se medía mirando la partitura y marcando el compás con la mano, ahora se hace con palmas, pies o lo que sea sobre una melodía oída. Y así nos va. La consecuencia: la mayor parte de la clase de instrumento, a veces toda, empleada en enseñar a medir.
Pero es sólo una pequeña parte del problema. Si la pedagogía ha cambiado es porque ha querido ir a rebufo de los cambios de la sociedad, así se dirija ésta alegremente hacia el despeñadero. No había antes tanta oferta de ocio. Esto también es un hecho (y lo subrayo porque se vea que no son éstas lamentaciones de abuelo cebolleta). Que un niño de nueve años tenga un móvil más grande que el de su padre “para chatear y ver vídeos” hace que todo lo demás le apetezca menos. Quién va a estar dispuesto a dejarse entre 10000 y 15000 horas de su niñez y juventud delante del atril pudiendo estar cacharreando, quién va a estar esa media hora o esa hora de estudio diario atento a lo que hace y lo que suena y no pensando cuánto queda para poder contestar con un “jijiji” el “jajaja” que le puso menganito o ver si fulanita le ha contestado por fin el wasap de los emoticonos.
El alumno que es bueno acaba tocando, pero si de mi primera promoción, de siete alumnos sólo lo dejó uno, sospecho que hoy sólo terminaría uno y lo dejarían seis. La cultura del entretenimiento (bonito oxímoron nos han colado) contra la cultura del esfuerzo. Y la cultura, la única cultura, como dice el poeta Julio Martínez Mesanza, es hincar los codos.